martes, 10 de mayo de 2022

Escondida


                                                   

                                                      

dame algo 

que sea más 

que solo nada.


al menos, dame un indicio 

que me permita saber 

que no me vas a rechazar.


mientras tanto 

jugá a la escondida 

escapá de lo que siento

que aunque quieras,

hay algo que no podes esconder 

y es que te ocultas de mi.


dejame saciar 

la sed que tengo de tu cuerpo 

y agarrarte con fuerza por detrás.


dame grito

dame voluntad 

y te prometo que juntos 

vamos encontrar 

lo que no vinimos a buscar.

lunes, 18 de abril de 2022

Palabra

 

la palabra cura

sana,

condena.


soy palabra

amordazada,

acumulada.


un lenguaje que domina 

el impulso de no saber 

a donde ir.

lunes, 21 de marzo de 2022

Otoño: 392

 Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

392

"Detrás de los primeros menos-calores del estío terminado, han venido, en los acasos de las tardes, ciertas coloraciones más suaves del cielo amplio, ciertos retoques de brisa fría que anuncian al otoño. No era todavía el desverdecer del follaje, o el desprenderse de las hojas, ni esa vaga angustia que acompaña a nuestra sensación de muerte exterior, porque lo ha de ser también la nuestra. Era como un cansancio del esfuerzo existente, un vago sueño sobrevenido a los últimos gestos del hacer. Ah, son las tardes de una tan afligida indiferencia que, antes que comience en las cosas, comienza en nosotros el otoño.

Cada otoño que viene está más cerca del otoño que tendremos, y lo mismo es verdad del verano y del estío; pero el otoño recuerda, por lo que es, el acabarse de todo, y en el verano o en el estío es fácil, de mirar, que lo olvidemos. No es todavía el otoño, no está todavía en el aire el amarillo de las hojas caldas o la tristeza húmeda del tiempo que va a ser más tarde invierno. Pero hay un resquicio de tristeza anticipada, una angustia vestida para el viaje, en el sentimiento en el que estamos vagamente atentos a la difusión colorida de las cosas, al otro tono del viento, al sosiego más viejo que se arrastra, si cae la noche, por la presencia inevitable del universo.

Si, pasaremos todos, pasaremos todo. Nada quedará de lo que gastó sentimientos y guantes, de lo que habló de la muerte y de la política local. Como es la misma luz la que ilumina las faces de los santos y las polainas de los transeúntes, así será la misma falta de luz la que dejará en lo oscuro la nada que quede de haber sido unos santos y otros gastadores de polainas. En el vasto remolino, como el de las hojas secas, en que yace indolentemente el mundo entero, tanto importan los reinos como los vestidos de las costureras, y las trenzas de las niñas rubias van en el mismo giro mortal que los cetros que han figurado a los imperios. Todo es nada, y en el atrio de lo Invisible, cuya puerta abierta muestra apenas, en frente, una puerta cerrada, bailan, esclavas de ese viento que las revuelve sin manos, todas las cosas, pequeñas y grandes, que han formado, para nosotros y en nosotros, el sistema sentido del universo. Todo es sombra y polvo removido, no hay más voz que la del ruido que hace lo que el viento levanta y arrastra, ni más silencio que el de lo que el viento abandona. Unos, hojas leves, menos presas de la tierra por más leves, van altos por el vórtice del atrio y caen más lejos que el círculo de los pesados. Otros, casi invisibles, polvo igual, diferente sólo si lo viésemos de cerca, se hacen cama a si mismos en el remolino. Otros todavía, miniaturas de troncos, son arrastrados circularmente y terminan acá y allá. Un día, al final del conocimiento de las cosas, se abrirá la puerta del fondo, y todo lo que fuimos -basura de estrellas y de alma será barrido hacia fuera de casa, para que lo que existe vuelva a empezar.

El corazón me duele como un cuerpo extraño. Mi cerebro duerme todo cuanto siento. Sí, es el principio del otoño el que trae al aire y a mi alma esa luz sin sonrisa que va orlando de amarillo muerto el redondeamiento confuso de las pocas nubes del poniente. Sí, es el principio del otoño, y el conocimiento claro, en la hora límpida, de la insuficiencia anónima de todo. El otoño, si, el otoño, el que hay o el que va a haber, y el cansancio anticipado de todos los gestos, la desilusión anticipada de todos los sueños. ¿Qué puedo yo esperar y de qué? Ya, en lo que pienso de mí, voy entre las hojas y los polvos del atrio, en la órbita sin sentido de ninguna cosa, haciendo ruido de vida en las losas limpias que un sol angular dora de final no sé dónde.

Todo cuanto he pensado, todo cuanto he soñado, todo cuanto he hecho o no he hecho -todo esto se irá en el otoño, como las cerillas usadas que tapizan el suelo en diferentes sentidos, o los papeles estrujados en falsas pelotas, o los grandes imperios, las religiones todas, las filosofías con que han jugado, al hacerlas, los hijos soñolientos del abismo. Todo cuanto ha sido mi alma, desde todo a lo que he aspirado a la casa vulgar en que vivo, desde los dioses que he tenido hasta el patrón Vasques que también he tenido, todo se va en el otoño, todo en el otoño, en la ternura indiferente del otoño. Todo en el otoño, sí, todo en el otoño..."


14-9-1931

viernes, 18 de marzo de 2022

Melancolía



Sin darnos cuenta antes, esa noche, nos percatamos que se habían apagado las estrellas en el cielo y se habían encendido acá en la tierra.

Cuando el cielo se apagó, al encender miles de luces artificiales, vivimos la ilusión que bajaron las estrellas a nosotros.


Olvidamos, con el tiempo, cómo era mirar el firmamento nocturno. Quizás de la misma manera que olvidamos, cómo era la espera del cartero, trayendo la respuesta de una carta, que se escribió hace semanas.


Todo lo que creímos progreso, al final resultó que fue un fracaso. La inmediatez, solo trajo más ansiedad, que pretende ser tapada con algún psicotrópico mientras se esconden los síntomas con algún psicofármaco. 


Entonces, ya nadie se detiene a mirar las estrellas, los cráteres de la luna, ni preguntarse porque existen las mareas, o porque las olas rompen con tanta fuerza contra una escollera. 


 ¿Cuándo fue la última vez que sentiste un abismo en el cuerpo al percibir tu pequeñez en comparación con la magnitud del cosmos?


¿Será que apagamos las estrellas para dejar de pensar en nuestra mísera finitud?


Solo queda la luna y esta melancolía que no se va.

viernes, 25 de febrero de 2022

Emancipación

 

no me persigno 

en esta jaula inmensa 

que parece libertad,

en donde solo busco 

ser mejor que mi progenitor.

jueves, 27 de enero de 2022

Un recuerdo eterno

 

me niego a aceptar 

lo que este mundo enfermo

se empeña en demostrar,

nada está cuerdo acá.


me desperté mirándote,

y el presente ya es recuerdo.


el momento desapareció,

se desvaneció,

no vuelve más.


ahora, sos prisionera de mi memoria,

te tengo en mi para siempre.


entraste a mi eternidad sin darte cuenta.

martes, 4 de enero de 2022

La caza no es tu hogar

Capítulo 1

—“Marcos, sabes bien que estoy casada, tengo dos hijos y no puedo separarme ahora”— dijo Sabrina, mientras conversábamos sobre que íbamos a hacer con esto que nos estaba pasando. Fue serio y categórico el comentario. Pero para esa altura yo ya me había cansando de ocupar solamente un rol de amante en su vida, dado que la adrenalina inicial de los encuentros furtivos habían mermado, porque yo pedía más de lo que ella podía dar. Y digo “podía” porque no era lo que ella me trasmitía que “quería”. A veces pienso que al “poder” y al “querer”, los separan un abismo de realidad, y no siempre el otro está dispuesto a poder hacer lo que quiere, solamente por placer. Aunque si bien, creo que, cuando el deseo y la voluntad se juntan, es cuando aparece el placer real. Cuando uno no puede hacer algo, no hay placer que motorice, porque el miedo es más fuerte que la voluntad deseante.


Con Sabrina nos conocimos hace 15 años en la facultad mientras hacíamos el CBC, yo estudiaba arquitectura y ella diseño de indumentaria; en la FADU, en Buenos Aires. Si bien, teníamos muchos conocidos en común, nunca habíamos cruzado una palabra. Ni siquiera nunca nos habíamos fijado el uno en el otro. En ese momento éramos dos adolescentes, que comenzaban a ser adultos, que se estaban descubriendo, y ni siquiera compartíamos gustos musicales. A los 18 años de edad uno se define por la música que escucha y lo mío era la música pop alternativa, como Babasónicos, Juana la loca y Adicta; y lo suyo era puro rock nacional, como La 25, La bersuit y Los piojos. Por ende, no frecuentábamos los mismos boliches y mucho menos los mismos códigos. Para Sabrina yo era un cheto y para mi ella era una Rolinga. 


Durante muchos años mantuvimos un vínculo absolutamente virtual por redes y cada tanto cada uno miraba las publicaciones del otro, como dos perros vecinos, que se huelen el culo, para saber en qué andan. Intercambiabamos likes en momentos importantes de nuestra vida, como al egreso de la carrera, alguna publicación de algún viaje por Europa, la compra de un auto o el nacimiento de un hijo nuevo. La virtualidad de las redes sociales, nos permite saber que es de la vida de alguien, con quien no nos interesa vincularnos físicamente, pero si saber que es de su vida. Si bien eso te aleja del vínculo real, mata la curiosidad.


Esto fue así, hasta hace un año, que nos encontramos en el último recital que dio Gabo Ferro, antes de morir, en el Cultural Moran. Nos reconocimos de inmediato, nos saludamos y quedamos en tomar unas cervezas.

Al terminar el show, fuimos a un bar bastante pobre, sobre Constituyentes, en donde vendían una cerveza artesanal un poco caliente, que realmente era intomable.

Hablamos de nuestros hijos, y me habló sobre su vida bastante clásica y convencional que venía llevando desde que se casó. 


Nos liberamos bastante al hablar, sin tabúes. Y aunque yo estoy acostumbrado a eso, porque cuando hablo con alguien, la otra persona se libera, se saca la máscara, y larga todo. Hay algo en mi manera de escuchar y, tal vez, de hacer alguna devolución acertada, que inspirara una confianza no habitual. Quizá, es porque yo estoy escuchando las palabras que se usan. En cambio, en general, lo que sucede, es que cuando alguien habla, está en “una postura” y no escucha. 

Tengo la sensación que las personas están ocupadas sobre cómo serán juzgadas por el otro, más que en escuchar lo que tienen para decir. Y lo que todos queremos es, simplemente, sentirnos escuchados.


Sabrina me comentó que estaba agotada, que la maternidad la había superado y que en ocasiones prefería masturbarse cuando su pareja se dormía, para no tener sexo con él. Note en su postura y sobre todo en su mirada, que escondía, tras unos ojos grandes y achinados, un dejo de tristeza. Cómo si la vida que eligió, al final, no fuera la que quería.


Sabrina de adolescente, siempre había sido una groupie profesional, que anotaba en una lista, cuál trofeo, los cantantes, bateristas y bajistas con los que se acostaba. A los 23 años llevaba anotados más de 30, y se jactaba con orgullo de eso.

Ella sabía que no solo era porque podía, que lo hacía, sino que estaba convencida que disfrutar la vida, desde el hedonismo, era algo que debía hacer, casi como un mandato impuesto por sus progenitores. 

—Lo más importante es que vos seas feliz—  le decía su padre desde muy chica. Y Sabrina, cumplió con ese mandato, asociando la felicidad con el placer sexual. Y dado que era hermosa, pero no hegemónica, y siempre llamaba la atención su delgadez con sus tetas y caderas grandes, se dedicó a coger sin parar, buscando en el sexo algo de felicidad. Deseaba profundamente ser la musa que inspire a alguno de sus amantes, pero nunca lo lograba. 


Nunca nadie le dedicó una mísera canción, sino que todo lo contrario, esos tipos la usaban para sacarse la calentura y descartarla al acabar. En ocasiones lograba que le regalasen una pua, que atesoraba y compartía con sus amigas, con gesto de conquista, o mejor dicho de caza.


En el bar ya hacia demasiado calor, y le propuse si quería ir a casa, que tenía unas cervezas frías y en mejor estado que esas que estábamos tomando.

—Voy a ir a tu casa, pero no vamos a coger— dijo categórica, cómo siempre cuando habla, que parece estar segura de lo que no quiere, pero insegura de lo que si quiere.

—No va a pasar nada que no quieras— le dije repitiendo un mantra, que nos enseñaron desde chicos.

—Por su puesto que no va a pasar nada que yo no quiera Marcos, solo con que lo digas, ya es ofensivo—

—Tenés razón Sabri, lo que yo quiero decir es que acepto lo que vos decís, porque podría no aceptarlo e irme— trate de hacerme entender y que viera que no soy un macho autista impasible.

—Dale vamos, dijo con una sonrisa de soslayo, mientras levantaba la mano, sacaba un billete de su cartera para pagar y pedía la cuenta, todo al mismo tiempo.


Cuando llegamos a casa, lo que más me gustó de Sabrina, es que antes que nada, lo primero que hizo fue detenerse en la biblioteca de mi pasillo y ver los libros que tenía. Yo juro que jamás había visto a nadie, detenerse a ver con tanto amor y respeto una biblioteca ajena. 


Con el tiempo, me di cuenta que ese fue el momento exacto en el cual me enamoré de ella.


Mientras retiraba un libro, sugirió una manera más práctica para ordenarlos, no lo recuerdo bien, porque yo estaba concentrado mirando como ese vestido, que ella misma había diseñado, le marcaba el culo, y me imaginaba apretándolo fuerte arriba mío. Era imposible contener tantas ganas.


Entonces me acerqué, casi apoyándola por atrás, la agarre de la cintura suave; puse mi boca en su oreja y le dije: 

—No entiendo nada lo que estás diciendo— mientras yo largaba una carcajada.

Ella se rio y giro su cabeza, nos quedamos unos segundos mirándonos, enfrentados a pocos centímetros. Yo relamía mis labios y ella se mordía el labio inferior, conteniéndose las ganas. Cuándo parecía que era inminente un beso, se escabulló por abajo de mi brazo, yéndose al living. Me dejó solo frente a mi biblioteca mirando el libro, que ella había separado.

 Las Malas de Camila Sosa Villada, y desde lejos me gritó con ironía:

—¿No vinimos a tomar unas cervezas?.

Agarre el libro y me lo lleve conmigo al living, donde ella estaba esperándome sentada en la silla.



Capítulo 2

Estuvimos casi un año manteniendo un vínculo de amantes, y ninguno tenía problemas con eso. Para mí la monogamia había caducado hacía mucho tiempo. Creo que es ridículo sostener un vínculo afectivo, cuyo único objetivo es coartar la voluntad deseante del otro, para someterla a la propia exclusividad individual. Si eso no es un resabio de la esclavitud y la propiedad privada, al menos se asemeja bastante. De la represión nunca nada bueno puede salir. Incluso creo que con la excusa del “no hacer lo que no me gustaría que me hagan” se esconde un “no quiero que me hagan lo que yo si haría”. La hipocresía más grande que inventó el ser humano, después de la manteca light, es la monogamia. 


—Yo garcho afuera, pero, a la hora de la cena, vuelvo a casa y hago milanesas para todos— me decía Sabrina, cada vez que yo le preguntaba si todo este vínculo, entre nosotros dos, le afectaba en algo.


Su concepto de volver y hacer milanesas para la familia, lo consideraba el acto más loable que podría hacer una madre y esposa. Para ella hacer milanesas, era un gesto de amor. Porque cocinar es un proceso de creación formidable. La cocina es como una fábrica, en donde los procesos son limpios, ordenados y estructurados, y para trabajar de manera adecuada, se debe tener bien claro que rol debe ocupar cada utensilio y cada ingrediente. La cocina es un arte y además es una fábrica de sensaciones, cuyo resultado no es solamente alimentarse para sobrevivir, porque comer es una necesidad básica humana, sino que producto de la intervención de quien cocina, se puede generar en el otro, a través de su memoria gustativa, una experiencia individual y única que lo hace feliz por un instante.


Por todo esto, Sabrina entendía que su concepto de hogar, era el momento de la cena. Entonces, siempre volvía a su casa a cocinar y comer con su familia. Eso lentamente, se transformó en un acto de vida. Cada cena preparada, era escaparle un paso a la muerte. 

Siempre tuve la impresión que su casa debería oler a milanesas con puré.


La vida de Sabrina estuvo, en ocasiones, bastante ligada con la muerte. Ella me comentaba que tenía la sensación que la muerte la quiso buscar muchas veces. Con fortuna, siempre la esquivó. Pero vengativa, la muerte, se ocupaba de llevarse a personas cercanas a ella. Sabrina lo entendía como un desafío por parte de la muerte, en donde le recordaba, que estaba presente, como para que no la olvide.


Sabrina, me contaba que tenía una pesadilla recurrente, en donde una mujer vestida de negro, la perseguía, y ella lograba esconderse y encerrarse en una habitación llena de libros; que inmediatamente agarraba uno y se ponía a leerlo, pero en cada sueño, recuerda que leía un libro diferente, y que al final cuando lo abría, y antes de poder empezar a leer, se despertaba.


Sabrina tiene una obsesión con leer, lee todo y de todo.

Consume libros compulsivamente. En su casa de infancia, su padre tenía una biblioteca envidiada por cualquier librero de Villa Crespo, y ella creció rodeada de libros. A los 10 años ya había leído a Soriano, a Cortázar e incluso a Shakespeare. En los almuerzos de los domingos, ella recuerda que hablaba del libro que estaba leyendo y a su papá le encantaba cómo ella los interpretaba. En ese momento, Sabrina se veía vista por su padre; y la mirada de aprobación y orgullo, la recuerda hasta ahora, cada vez que termina un libro.


Creo que si su padre hubiera tenido un quiosco en la casa, lo que Sabrina tragaría compulsivamente serían golosinas.


En ocasiones debatíamos acerca de J L Borges. A mi me parece una mente brillante. Creo que es uno de los pocos escritores que ejercieron con profesionalidad y rigor técnico a la literatura. Un genio. 

Mi familia es toda peronista, y yo heredé el peronismo de la misma manera en que Sabrina heredó ser hincha de Racing. Su pasión por Racing club de Avellaneda es desmedida. Fanatismo es poco. En cambio mi pasión por el peronismo es más tranquila, es por eso que aunque me considero Peronista, he leído mucho a Borges. Pero ella, considerándose de Racing, jamás diría que Bochini o Burruchaga fueron buenos jugadores.


El punto es que cuando yo hablaba de Borges ella se aburría, de la misma manera que a mi me aburría que me hablara de Racing. A mi me gusta ver mucho el mundial de fútbol. Y ella lo detesta.

También creo que Borges -en si- es un mundial de fútbol. 

Y entre Argentina campeón del mundo, con Messi levantando su merecida copa y una final de libertadores entre Racing e independiente, Sabrina elegiría sin lugar a dudas, a Racing campeón de la libertadores.

Igual, si yo pudiera leer el Aleph por primera vez de nuevo, elegiría esa experiencia a la de Argentina campeón.

De fanatismos, todos estamos hechos un poco y cada uno le reza al Dios que puede.

domingo, 2 de enero de 2022

Escondida

                                                      

dame algo 

que sea más 

que solo nada.


al menos, dame un indicio 

que me permita saber 

que no me vas a rechazar.


mientras tanto 

jugá a la escondida 

escapá de lo que siento

que aunque quieras,

hay algo que no podes esconder 

y es que te ocultas de mi.


dejame saciar 

la sed que tengo de tu cuerpo 

y agarrarte con fuerza por detrás.


dame grito

dame voluntad 

y te prometo que juntos 

vamos encontrar 

lo que no vinimos a buscar.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Sentirse visto por Dios



Con frecuencia Marcos mira al cielo y siente que Beatriz está presente; casi como un Dios omnipresente que lo acompaña en cada minúsculo acto. Inclusive, es común en él que, en ocasiones, por ejemplo cuando lee un libro, visita un lugar, conoce a alguien, prepara una comida o cualquier acontecimiento fuera de lo habitual de su rutina, piense inmediatamente en que todo aquello a ella la deslumbraría. Y es por eso que quisiera que esté ahí, para que lo vea; para que lo compartan juntos y debatan abriendo una botella de vino y hablen por horas, sobre cómo les atravesó lo qué pasó, lo que vivieron.

Aunque no necesariamente le gustaría de manera exclusiva, que lo compartan juntos, lo que Marcos quiere, es que Beatriz se conmueva, como se conmueve él, por lo que ve y como lo ve.


Marcos piensa que quizá, todo aquello es una estupida forma de mantenerla a Beatriz presente en su vida. Él piensa, también, que tal vez, no querer olvidarla, lo estabiliza de alguna manera, que no puede descifrar; entonces fantasea con hablarle, escribirle y contarle sobre lo que vió y que debiera verlo ella también. Como cuando de chiquito en el parque, Marcos gritaba:

 “Mirá Mamá, mirá lo que descubrí. Mamá mírame, mirá cómo me tiro del tobogán”.

Marcos busca la sensación de sentir que es visto por Beatriz, para que su mirada le de vida, le de aliento y le de el oxígeno que siente que le falta cuando respira agitado. Su realidad pide su presencia y le cuesta construir un concepto de -lo real- sin que ella esté incluida.


La manera de ver el mundo de Beatriz, le mostró a Marcos el cielo y también el infierno; mas nunca él, pudo soltar a Sartre y sigue buscándose en otras miradas. 

Lo hace en vano, porque no se encuentra, y entonces construye un fantasma que lo habita y lo forma, para no olvidarse quien quiere ser. Porque él se encontró cuando ella lo vió. Sin embargo también se perdió cuando ella cerró sus ojos y dejó de verlo. Beatriz está muerta pero vive en él. Por eso, tal vez, todo lo que él hace tiene que ver con ella. Marcos ya no cierra la cortina, y hoy, cada día deja pasar el sol en la mañana, para que la luz, que es Dios, habite su amanecer. Todo lo que hoy él es, fue producto de haber hecho carne una parte de Beatriz.


Aunque Marcos sabe y se da cuenta, que ni siquiera, todo esto, tiene que ver con Beatriz como sujeto, como ser humano, como presencia física, ni siquiera con un rol determinado que le gustaría que ocupe, sino que toda su condición de ser, para él, viene a cubrir su falta, su falla. Marcos endiosó a Beatriz, la convirtió en su Dios y en un testigo omnisciente de su cotidianidad, porque naturalmente, él se cree incompleto en su propia individualidad.

lunes, 15 de noviembre de 2021

De los vínculos y los miedos



Si la perspectiva por la cual miramos a los vínculos afectivos, es siempre desde una lógica de relación de poder, en donde uno se cuida, constantemente, de que el otro no vea nuestra vulnerabilidad, inevitablemente, inhabilitamos la posibilidad de dejarnos afectar. 


Si vivimos poniéndonos una armadura, como si entráramos a una batalla, si bien, nadie nos va a lastimar, tampoco vamos a poder abrir la posibilidad a dejarnos acariciar.


La lógica de intercambio afectivo, en donde esperamos, a que un otro avance, para saber si debemos retroceder o duplicar la apuesta, se parece más al TEG que a un amor sano.


Creo firmemente en la idea de que el amor puede salvarnos de casi todo. Creo realmente que es el quinto elemento, para poder vivir; sin embargo, desgraciadamente, hemos convertido al amor y a los vínculos, en una lucha más de poder.


“Para amar no necesito tu consentimiento”, escribió Adrian Dárgelos. Y me reafirma en la idea, de que amar, es un acto de entrega absoluta. Donde no se gana nada, sino más bien se pierde. Es ágape y no Eros.


No reivindico el amor romántico ni tampoco un amor de reciprocidad, simplemente amar, abrir los poros a dejarse afectar, por lo que el otro puede darnos.

domingo, 14 de noviembre de 2021

¿Y la perra de quién soy yo?

 

Hace semanas que esperaba que llegara este momento, incluso hasta compré un filtro solar, para poder instalarlo en mi telescopio y observar más claramente, uno de los fenómenos astronómicos más hermosos que existen: un eclipse total de Sol.

Es la hora. El telescopio ya está instalado en el trípode y colimando al firmamento, bisectando directo a la luna. Todo está listo, el momento se acerca y ya es inminente que la penumbra se apodere del día.

De a poco va sucediendo lo esperado, y la luz se va perdiendo, como si estuviese cayendo un atardecer. Finalmente la luna se interpone totalmente en la trayectoria de la radiación ionizante y los fotones que yo percibía del Sol. 

En cuestión de minutos, es de noche y mi perra se va al dormitorio, pero yo no voy, me quedo en el balcón de mi departamento mirando un anillo luminoso en el cielo. 

Ella vuelve, y me mira como yo miro el cielo. Gira la cabeza de costado y me sigue mirando, como tratando de entender. Nos miramos unos segundos, y en ese momento yo, entiendo todo. En un instante comprendí lo que realmente estaba pasando. Fue claro y evidente. El eclipse dejo de importarme, y un razonamiento deductivo se apoderó de mi pensamiento.

Mi perra y yo somos seres vivos eyectados a la vida, que evolucionaron dentro de este ecosistema como mamíferos, que tan solo nos diferencian unos pocos rasgos evolutivos, que la especie humana desarrolló y los canes no: El ser humano puede hablar y razonar.

En el preciso momento en que vi la extrañeza de mi perra al interpretar que era de noche y yo no estaba en la cama, me pregunté: ¿Quien me asegura que lo que yo creo como cierto, realmente lo es?.

Como seres humanos, estamos convencidos, de ser capaz de reconocer la vida, desde la mas pequeña célula, hasta el mas grande de los mamíferos.

¿Pero que pasaría si existiese vida a un nivel macrocósmico? En donde los planetas actuasen como atomos y los agujeros negros como el ADN del espacio. Quizá el secreto del cosmos, puede residir en la biología, en lugar de la física.

En pocas palabras, el universo podría estar vivo. Porque si analizamos al universo en su escala mayor, vemos que esta formado por cúmulos y supercúmulos de galaxias interconectadas, muy parecidas a una red neuronal humana, además los atamos son como los sistemas solares, y existe la coincidencia de que el número de estrellas en el universo y los atamos en una célula humana, se cuentan por trillones.

Por un instante no tuve dudas, que podríamos ser pequeñas células cerebrales dentro de una criatura mas grande a escala cósmica, y por lo diminuto de nuestra escala, el tiempo de una vida humana, podría ser una décima de un fotograma para esta criatura.

Podríamos formar parte de una entidad biológica superior, en donde ejercemos determinadas funciones para la supervivencia de la vida de este, sin que lo sepamos.

Podríamos pensar que las estructuras macroscópicas, que componen el universo, podrían ser consideradas como los tejidos de un ser vivo interestelar, así como las partes microscópicas, que componen un cuerpo humano. 

Por lo tanto también podríamos entender que en cuanto a la reproducción, todos los seres vivos vienen de otro organismo y si nuestro universo estuviera vivo, tendría unos progenitores y a su vez podría tener su propia descendencia, dado que las leyes de la naturaleza, están perfectamente afinadas, para que el universo albergue vida sin importar su dimensión.

Con lo cual, según esta teoría de selección natural cósmica, el universo en el que vivimos podría ser un organismo vivo, y la vida no ser solo un fenómeno local, acotado al planeta tierra,  sino también a escala monumental, y que es capaz de manifestarse no solo en diferentes lugares sino a diferentes escalas, tan grandes que no la reconoceríamos.

En definitiva, son diferentes versiones a diferente escala de la misma cosa, asi como a una escala evolutiva se encuentra mi perra que percibe su mundo desde su concepción evolutiva, y en otra escala evolutiva me encuentro yo y percibo mi mundo desde mi posición, que la entiendo como un planeta orbitando dentro de un sistema solar que orbita en la Vía Láctea, que forma parte del Grupo local en el Supercúmulo de virgo, adentro del grupo de Laniakea, y así hasta llegar a un multiverso. Y podría ser que ese multiverso forme parte de un átomo de una estructura mayor y que varios multiversos giren entorno a otros, hasta llegar a un ser vivo, de una forma desconocida, y probablemente este ser vivo no sea consciente de nuestra existencia.

Es como si quisiéramos comunicarnos con un virus dentro de nuestro cuerpo. Cada forma de vida es relativa y está limitada a su propio universo.

Nuestros cuerpos están formados por millones de células y ninguna de ellas tiene la capacidad para comprender donde están realmente. Y nosotros como seres humanos, no podemos comprender más allá de lo que nuestros cinco sentidos nos permiten percibir. Lo que nos hace limitados en nuestra capacidad comprensiva en el plano que habitamos.

¿Como podría hacerle entender a un virus que esta dentro de un cuerpo que a su vez esta habitando un planeta dentro de un universo en expansión?

El virus está a otro nivel de existencia. En otro plano. Por ende podrían existir otros niveles de vida en otro plano dimensional, a escala mayor, que no somos los seres humanos capaces de comprender, dentro de nuestra limitante sensorial de un proceso evolutivo en desarrollo.

Podríamos formar parte de un organismo vivo, y ser los microbios sin inteligencia, desde el punto de vista de otra entidad. 


Dicho todo esto, no puedo dejar de preguntarme:

 ¿La perra de quien soy yo?

martes, 2 de noviembre de 2021

Asma

 

no hay doctor 

que calme este dolor 

que en el pecho 

siento yo


respiro con el asma

de un pulmón 

que ya era viejo 

desde antes 

de nacer 


el mundo quedó,

pero quien dijo adiós 

sos vos 


pone tu boca en mi boca 

dame tu respiración,

y subí mi saturación 


que al despertar  

voy a evidenciar 

que ese oxígeno 

nunca fue real.

sábado, 30 de octubre de 2021

presente absoluto / futuro infinito



Si bien decidí aceptar tener hijos, no fue sino con el paso del tiempo que entendí, que en la relación vincular que me une a ellos, el tiempo y el espacio se funden y se confunden, porque desde el lugar que elijo ocupar, es imposible concebir mi individualidad sin su presencia.

Dejé de ser solo yo, para formar parte de un colectivo familiar, en donde toda decisión, está previamente tamizada por la condición de paternidad.

A tal punto esta condición se arraigó a mi forma de ser que, en ocasiones, cuando estoy solo, sin ellos, se activa una especie de alarma en mi cuerpo. Es como un cosquilleo con transpiración, que emerge, por todos los poros de la piel, al unísono, de pies a cabeza. 

Esta alarma tiene una duración de menos de un segundo, porque inmediatamente un pensamiento intrusivo en mi cabeza se hace presente: 


¿Dónde están mis hijos?


Por un ínfimo instante los creo perdidos, extraviados y los busco a mi alrededor, como si algo automático en mi, me recordara que no debería olvidar su localización y mi distancia de rescate. 


Es una sensación muy parecida, al vértigo que genera, estar en la terraza de un edificio muy alto, en la ciudad, sin protección perimetral, buscando una baranda que me dé estabilidad, apoyo y me sostenga para no caer al abismo.


Toda esta experiencia dura milésimas de segundos, porque inmediatamente me recupero y la razón se hace presente. Ellos están bien, están escolarizándose y todavía no tengo que ir a buscarlos.

 

Los hijos son un presente absoluto, pero a su vez, también, son un futuro infinito.

martes, 26 de octubre de 2021

obsecuente obediencia

 

transité mucho más que dolor

llegando tarde a ser quien soy


por mi sutil obediencia 

te alejaste de mi presencia 


soy todo lo que quisiste que sea

y nunca pude llegar a ser


fui genuflexo y obsecuente


tanto pediste que no sea yo,

que para no perder tu amor,

al final, sumiso 

te hice caso 

y este nuevo yo

hoy, 

no te elige a vos

lunes, 18 de octubre de 2021

Un retrato de Mamá


Mamá siempre reía para las fotos. Para ella, era automático, cuando alguien encendía una cámara, poner una sonrisa inmensa, siempre la misma, casi ensayada. Entonces yo, en ocasiones, la buscaba de imprevisto, con la cámara en mi mano, haciendo cualquier actividad, planchar, dormir, cocinar o trabajar y sacaba una foto rápida. Tengo muchas fotos de mamá, movidas y fuera de foco, porque cuando se daba cuenta que yo le sacaba una, sin su ensayada sonrisa, me tiraba lo que tenía en la mano y me empezaba a perseguir; obviamente nunca me atrapaba, porque ella elegía no hacerlo; entonces yo corría, con el viento en mi cara, corriendo a carcajadas, con la adrenalina y la impunidad de saber que lo que había hecho no iba a tener ninguna consecuencia.

Me acuerdo que le sacaba esas fotos, para molestarla, ese era mi juego. No había internet en esa época, y los celulares, tenían un juego de un gusano que atrapaba puntitos negros.

Sin embargo, hoy me doy cuenta, que en algún lugar, yo quería guardar el recuerdo de una persona verdadera, que no solo sonríe para una foto.

viernes, 15 de octubre de 2021

Indómita voluntad


Desde el primer momento en que vi a Lucrecia, la tensión sexual entre nosotros fue inmediata; con esa energía compartida que rara vez sucede, con alguien que apenas uno conoce. Nuestras miradas, cargadas de deseo, pedían más que solo una simple presentación, porque apenas nuestros ojos se vieron, nuestros cuerpos se acercaron como dos imanes, que mientras más cerca se encuentran, más se atraen, al punto de no poder separarse. 


En aquel bar de los arcos del Rosedal, en Palermo, nos pusimos a conversar toda la noche, con esa fluidez, en donde las palabras salen solas y los temas de conversación, se convierten en infinitos e inagotables. Queríamos conocernos y saber del otro y afortunadamente, fue correpondidamente mutuo.


Durante toda la noche, yo no pude dejar de mirar su boca y morderme la mía, para contener las ganas de besarla, sin dejar de fantasear con su desnudez sobre mi.

—“Dejá de mirarme así, me vas a enamorar”— Repetía, como dispuesta a entregarse por completo.


Para el momento en que la moza del bar trajo la cuenta, sin que la pidiéramos, porque el lugar ya cerraba, nos percatamos que casi ni habíamos tomado los tragos, y la condensación de los hielos en los vasos, habían dejado una aureola de agua que reflejaban las luces tenues y cálidas del lugar, que hacían parecer pequeños destellos de estrellas, que además esa noche cubría la ciudad.


Decidimos seguir conversando y caminar un rato por los lagos de Palermo; pero el frío, de una incipiente noche de primavera, se colaba en nuestros huesos y la intemperie del clima, apaciguaba el calor que veníamos acumulando.

—“Vamos al auto y hablamos ahí, más tranquilos”—Le dije y ella aceptó.


Apenas subimos empezamos a besarnos, a tocarnos y a descargar toda la pulsión acumulada de una noche cooptada por las palabras. Sin embargo, por momentos la sentía tensa y un poco tímida, ya que quizás, sentía temor por que opinión tendría yo, ante su comportamiento. Y entonces, en el preciso momento en que el calor ya no se puede bajar, tome la decisión y la iniciativa de agarrar su mano y ponerla bajo la hebilla de mi cinturón, y todo esa tensión, aflojó. 


Mientras seguíamos besándonos, ella me lo apretaba con fuerza, con ganas de no soltarlo, como si quisiera retenerme y que no me escape; jugábamos con nuestras lenguas, en el cuello, en la comisura de los labios y cerca del oído. Cuando puse mi dedo en su boca, lo lamió y lo acaricio suave con los labios de lado a lado. Me desabroche el pantalón y ella sacó su mano de mi entrepierna. Intuí que era el freno para detenernos, pero inesperadamente para mi, ella se pasó la lengua húmeda, por su palma, como queriéndola lubricar y me empezó a masturbar ahí mismo, abajo del puente del tren San Martín, que durante tantos años tomé para ir a Retiro. Estuvimos así un largo rato, adentro de mi auto y los vidrios, naturalmente, se empañaron. Parecía esa escena, tan recordada, de Titanic, pero real, sin melindres cinematográficos. Yo gemía y ella se excitaba más, cómo si mi excitación fuese su deseo. Se agachó, me lo empezó a lamer y se lo metió en su boca sin pensar, cómo queriendo comer mi dureza, y en ese momento sentí la humedad de su boca, menos caliente que mi cuerpo. Su lengua jugaba con el tronco y la punta con un sentido rítmico y constante, que me alejaba de la cordura, en el goce de sentir tanto placer. Yo movía mi pelvis, mientras le sujetaba su pelo con una sola mano, porque quería disfrutar la delicadeza de ver lo que estaba haciendo, y eso me excitaba aun más. Y en este punto, ella percibe que para mi, la imagen de una mujer que decide ejercer su sexualidad , dejando de lado cualquier prejuicio, es mucho más loable que una mujer que hace un esfuerzo por reprimir su voluntad deseante.


Al mirar a un costado, una señora grande, paseando sus dos caniches negros, que se posaron al costado del auto, espiaba indisimuladamente, queriendo encontrar, tal vez, algo de su juventud en esa escena. Sin embargo, eso nos distrajo y como la situación ya no daba para más, sin penetración, decidimos enfriarnos, bajar las ventanillas e irnos de ahí.

Manejé mi auto sin destino, y de pronto, estaba pasando por la heladería de mi infancia, LadoBueno, cerca del puente de la calle Ciudad de la Paz. Estacioné.

—“Tomamos un helado”— le dije, como un adolescente que le pregunta a su primer amor si quiere ir a la heladería.

—“Dale, yo bajo a buscarlo”— dijo con una sonrisa, que marcaba sus pómulos pronunciados.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Me pica el cuerpo

 

me pica el cuerpo

aunque quizás no me pica 

y quizás solo quiero rascarme,

quizás me rasco para que me pique 


a veces me pica 

y al rascar deja de picar,

y otras veces me pica en un solo lugar 

que no llego a rascar


y si me rascase en todo el cuerpo a la vez, 

¿a donde picaría?

¿a donde se va la picazón cuando ya dejó de picar?

¿será que quizás me pica para no sentir soledad?


quiero rascarme donde no pica.

sábado, 9 de octubre de 2021

Miserables

 


ante la mirada del otro sobre mi 

te reís de mi miserabilidad


no te olvidés 

                                   /ambos somos seres miserables


nos diferencia 

que yo no la disfrazo

atrás de un cuadro 

que lo veo a diario 


no te olvides 

                                 /soy yo, quien más conoce tu miseria


porque es indudable 

que ya te olvidaste

que me mostraste 

tu cara miserable 

el día que pude verte 

con un semblante 

que ocultaste 


no te olvides 

                                                   /sos tan miserable como yo

lunes, 4 de octubre de 2021

Invisible

 

Estas rodeada de libros, en un lugar iluminado por una luz blanca y artificial. Tan brillante y falsa como nuestra historia. De lejos, te veo sentada en el pupitre de tu biblioteca con olor a iglesia. Resalta tu pelo castaño con tu flequillo largo, tus ojos grandes achinados, tu sonrisa inmensa que guardan proporción con tus pechos. 


Sin pesar, inmediatamente, me acerco para hablarte, saludarte, abrazarte y que me vieras.


En ese momento, intento decir, y no me escuchas.

Te acaricio el brazo y no lo sentís. 

Pongo mi mirada en tu trayectoria y corres los ojos.

Suspiro en tu nariz y estornudas, como si tu cuerpo rechazara mi aliento.


Me desespero, en la angustia de no existir para vos, mientras vos seguís sonriendo, regalando tu semblante a cualquier transeúnte qué pasa, y que si elegís ver.


Soy invisible, y se cumplió mi fantasía infantil, aniñada, de querer serlo, para poder robar juguetes o golosinas de los quioscos.

Pero hoy no me alcanza, ya no me sirve, porque no me ves.


Agotado, decido irme, con la tranquilidad de saber que puedo mirarte, en cualquier momento, aunque en tu universo yo no exista.