martes, 21 de junio de 2022

Sin Flor


no fecunda sin su néctar,

no hay estambre.

no hay estigma.

no germina la semilla sin esporas en el viento.


gastó toda su energía,

y aun así no hubo floración.

es un mundo sin flores

que nadie conoció.


desnudos sin contacto 

vestidos 

con la ropa de unas hojas heredadas,

que crecieron siendo viejas.


hizo crecer su raíz.

sació el hambre con su luz, 

al regar su sombra.


cuando ya no quepa en si, 

se romperá,

se arrancará de su tierra.

y se dejará morir.


una semilla en la tosca 

sin caparazón

subirá el valle empinado

empujada por el viento.


frente al abismo despertará 

en estado de ingravidez.


coronará su viaje,

y tal vez,

no beberá nunca mas 

el líquido de la vida.


porque siempre todo será injusto,

salvo,

la experiencia vivida.

miércoles, 1 de junio de 2022

Natalicio

 

víspera de natalicio 

con amigos que no están,

remembranza musical

de un tiempo que ya no es.


un cuerpo muerto 

se hace presente 

y la búsqueda de un útero,

al cuál volver,

se apodera de mi voluntad.


con ahínco 

penetro su ingreso,

desdibujando su rol 

de mujer deseante.


mujer deseada,

que me acurruca,

que me amamanta,

en un libre albedrío 

que nunca existió.

viernes, 20 de mayo de 2022

El sexo es lengua sin verbo

CAPITULO 1

Durante dos años, todas las semanas, me atendía por mi quimioterapia en un centro de rehabilitación para pacientes oncológicos, y allí Fabiola era la recepcionista del consultorio. Cuando la conocí, ella tenía 22 años. Rubia, de ojos azules intensos, piel muy blanca, de contextura delgada, estatura media y rasgos nórdicos. Fue la única persona que conocí que realmente tenía un parecido increíble a Julie Delpy, pero específicamente en el personaje de Cecile, en Before Sunrise, la primera película de la Triologia. Una mujer hermosa, que me gustó desde el primer momento en que la vi. Tengo un gusto irracional con la belleza estética y hegemónica. Si tuviera que definir un estereotipo físico en la mujer, que me gusta, sería el de las rubias de ojos claros, con pezones rosados.


En sesión, una vez recordé un mandato inconsciente impuesto por mi madre:

—A mí me gustaría que mis nietos fueses rubios de ojos celestes— Me lo dijo cuando yo tenía 10 años. 

Para ello deberías haber parido un hijo de ojos celestes— le debería haber contestado.


Si los padres se dieran cuenta la cantidad de estupideces que le dicen a sus hijos sin pensar y que con ello contaminan para siempre su cabeza, tal vez, pensarían dos veces antes de abrir la boca. Tampoco hoy puedo juzgar a mi madre, hizo lo que pudo con la vida que le toco.

 

En el primer tiempo que me atendí en el consultorio, jamás le demostré a Fabiola un mínimo de interés. Me parece ridículo y estereotipado intentar levantarse una mina mientras está trabajando. Siempre detesté a esos visitadores médicos, mensajeros, clientes, alumnos o gestores, que se nota claramente, que están intentando conquistar a la recepcionista del lugar. Creo, que es una relación de poder desigual, porque una de las partes está trabajando y debe comportarse con ciertos modales; y eso no le permite responder con liviandad o soltura si realmente está deseando ser coqueteada. 


Por ese principio, fui siempre reticente a la idea de demostrar interés frente a ella, al menos en su espacio de trabajo. De todas formas yo sentía que era mucha mina para mi, y que no despertaría su interés. Si bien no me considero un tipo hegemónico, tampoco me considero un tipo desagradable. Tengo unos jóvenes 32 años medianamente bien llevados. Pero Fabiola estaba a otro nivel. Sin contar que yo le llevaba diez años y era un paciente con Cáncer, que quizás podría morir en cualquier momento.


Durante más de un año mantuve un estricto y exclusivo vínculo de un paciente que se atiende en un consultorio médico. 

—Hola, vengo por el turno— decía yo.

—Hola… credencial… gracias— respondía ella con formalidad.


En algunas oportunidades, en la espera del consultorio, me detenía a observarla disimuladamente, mientras leía algún libro, y me gustaba ver su verborragia simpatía con las personas. Pero en otras ocasiones, la notaba agotada y cansada, con resoplidos típicos de alguien que está queriendo renunciar, o al menos no estar ahí.

Realmente el trabajo de las recepcionistas es admirable, tienen que tener la capacidad de dividir su atención al unísono en varias partes, sin poder focalizar en nada. La veía atendiendo a un visitador, abriendo la puerta de planta baja, siguiendo la indicación de un médico, tomando un turno a un paciente, cobrando a otro, y todo eso al mismo tiempo, mientras el tubo del teléfono fijo en la oreja, esperaba que la atendieran en una obra social o prepaga médica para autorizar una orden. A mi me parece, que toda esa imagen es cuánto menos, enloquecedora.

 

En una de tantas vistas, la volví a ver en el consultorio y la saludé de frente: 

—¡Hola Fabiola! ¿Cómo estás?— le dije, como tratando de sentir que si la nombraba, me diera existencia ella a mi también. Por primera vez, me miró profundamente y sentí como sus ojos azules me penetraron. Intuyo que buscaba recordar de donde me conocía, y porque la llamaba por su nombre. Nos vimos unos segundos y se quedó sosteniéndome la mirada. En ese momento yo pensaba que quien bajase la mirada primero, perdía. Pero su teléfono sonó y atendió:

—Consultorio, buenos días— dijo, mientras puso su mirada en el monitor para entregar un turno.


Me quede con la sensación de que me gustó sentirme visto por ella, y al salir decidí buscarla en redes sociales. 

Como no sabía su apellido, busqué en el buscador de Google su nombre junto al nombre del consultorio y LinkedIn me dio la respuesta que buscaba junto a su CV. Inmediatamente me pasé  a Instagram y busque su nombre completo. La reconocí inmediatamente por su foto. Tenía el perfil privado así que le mandé una solicitud de amistad. Me la aceptó, casi inmediatamente. 

Desde ese momento empezamos un vínculo virtual. Nos mirábamos las historias, como dos perros vecinos que no se ladran al verse. Sin reacciones. Con las semanas me di cuenta que era una ferviente militante antivacunas y antipolitica, que parecía promulgar un nuevo anarquismo antipartidario, en donde el rol de la política desdibuja a la democracia.

Manifestaba un odio visceral al concepto del estado, pero defendía a raja tabla la propiedad privada. Me desilusionó saber que estaba frente a una liberal libertaria anarco capitalista. Sobre todo porque estaba convencido que ni ella lo sabía. No faltaba mucho para que empezara a proyectar en Javier Milei sus ideas libertarias.

En ocasiones, me cuesta mucho poder entender a las personas que definen su condición de ser, por oposición al resto. Tengo la sensación de que jamás van a encontrar la herramienta que les permita transformar nada. Estoy convencido que la salida a un problema social, siempre es colectiva. 


Por otro lado, también compartía muchas teorías conspirativas, sobre reptilianos, terraplanistas y orígenes extraños en laboratorios, sobre el Covid. Con cada historia compartida, de a poco se caía la imagen idealizada de que quizá era la <Celine> de <Before Sunset> de la que quizás, me podía llegar a enamorar.

No sé si era por la medicación de mi quimioterapia, y los efectos secundarios que generaban en mi, pero ella me seguía calentando. No obstante, afortunadamente, o no, a mi no me cuesta disociar el placer sexual de la ideología del otro, para mi la pulsión sexual sale del bajo vientre, y una conversación sale del razonamiento. Yo no razono cuando tengo sexo, porque ahí  todo es intentar saciar una voluntad deseante inmediata. Todo es primitivo y visceral. El sexo está en la lengua, pero sin verbo. 

Con lo cual, para mi, el sexo y la ideología, pueden ir por carriles diferentes. Es por eso que puedo coger sin problema, más allá de cómo se define alguien ideológicamente. Si un otro se considera Liberal, Justicialista, social demócrata, socialista o Trotskista, a la hora de coger me da lo mismo.


                                                ——

 

Para el primer fin de año, en que comencé mi tratamiento, quise regalarle a Fabiola, un libro por su atención durante todo el año. Le escribí por privado al Instagram al salir del consultorio:

—La próxima vez que te vea, te voy a traer un libro.

—Ahhh no hace falta!! Si te acepto recomendaciones. Gracias igual.

A la semana siguiente le lleve mi último libro. Yo sabía, que ella sabía, que había editado uno hace poco, porque había likeado mi publicación de promoción. Ni bien se lo di, me pidió que se lo dedicara:

—Dedicámelo, por si un día te haces famoso, y lo puedo vender— dijo, mientras se reía.

Yo también me reí del chiste cortésmente. Aunque en cierto punto me parece ridícula la fama. No digo que el reconocimiento no fuese interesante, pero entiendo que, en el deseo de la fama, habla nuestra vanidad. Y sobre todo, lo que más me molesta, es que las personas suelen endiosar sujetos con el fin de sentirse más seguras, sabiendo que hay un otro que cumple con sus expectativas. Como si quisieran que otros les mastiquen las ideas, que no son capaces de pensar por ellos mismos.

Pero cómo claramente, no era el contexto para hacer todo este planteo en el medio de un consultorio lleno de pacientes, saqué una lapicera de mi bolsillo y le escribí:


                  “Fabiola:

                     Gracias por tu buena onda (a veces).

                          Gracias, también, por leerme.

                                                                   Manuel”

 

A los pocos días me escribió por mensaje privado al Instagram:

“Leí tu libro, y para empezar tu -a veces- en la dedicatoria, me lastimo el ego. Además me llamó la atención que (en el libro) utilizas varias veces la palabra patología o identidad. Describiendo al amor como dispar, desigual”

 

Me interesó mucho esa devolución, fue específicamente acertada. Porque realmente entiendo a cualquier vínculo como una relación desigual de poder. En general, las personas tendemos a creer que si hay alguien que está ejerciendo poder, también hay alguien que está siendo sometido a esa fuerza. Y creo que es falso afirmar que, en las relaciones de poder, dentro del marco de una pareja, hay alguien que lo ejerce solamente sometiendo físicamente al otro. 

Estamos acostumbrados a ver conductas abusivas heteropatriarcales de machos dominantes contra mujeres sumisas, que no pueden salir del infierno del machismo, en un ejercicio de poder coercitivo absolutamente deplorable. Pero más allá de este flagelo, que suele darse en cualquier clase social, creo que existe un choque de fuerzas en la totalidad de las relaciones de pareja, en donde hay una mutua interacción simbiótica entre ambos (en donde el propio vínculo, se transforma en el instrumento de poder). 

Y a pesar de una creencia generalizada, creo que es importante recalcar que el poder no se ejerce solamente en una relación desigual de fuerza física o psicológica, desde una personalidad psicopática a una personalidad sumisa, (que es considera como inferior, por el sujeto que la ejerce), sino que ningún ser humano se abstiene de ejercer poder sobre otro en ninguna de sus formas. El mejor ejemplo de esto es el del represor que es reprimido. Desgraciadamente pareciera que, la voluntad de poder, es una condición intrínsecamente humana.

 

                                                ——

 

Fabiola me contó que ella es estudiante de psicología en la Universidad Católica. La prejuzgué inmediatamente porque me surgió la pregunta: ¿Cómo una institución que dominó conciencias durante siglos a través de la culpa, podría liberarnos de ella?.

Más tarde me voy a dar cuenta que todo mi vínculo con ella era avanzar un paso y retroceder dos. Me hacía acordar a los domingos de juegos de mesa, por la tarde en la casa de mi padre, jugando al juego de la oca. Frustrado por retroceder más de lo que avanzaba.

 

Luego del intercambio del libro, empezamos a tener charlas mucho más profundas y totalizadoras. Y ambos nos dimos cuenta que vibrábamos en la misma sintonía: La de la curiosidad por todo lo que vemos. Pareciera que cuando dos energías de igual frecuencia se encuentran, nada pasa fuera de ellas. Entones decidimos que lo mejor era conversar en persona, fuera de la virtualidad y fuera del consultorio.


La invité a ver una película al cine Gaumont, en Congreso. Me parecía que la película podía ser un lindo disparador para luego hablar y debatir sobre lo que vimos. 

Nos encontramos en el cine un viernes por la tarde y nos volvimos a separar recién 48hs después. Nada fue planificado. Del viernes al domingo estuvimos juntos sin tomar distancia, pegados, imantados, sin poder separarnos. 

Ninguno previó que ese encuentro, que iba a ser de unas pocas horas, iba a terminar en el primer y único fin de semana en el que nos vimos y luego nunca mas nos volveríamos a ver.

 

Cuando terminamos de ver la película, decidimos caminar por Av. de Mayo en dirección a la Catedral Buenos Aires, Debatimos un rato sobre la película, mientras caía la tarde. A ella en líneas generales no le gustó. A mi si. Me pareció interesante cómo se abordó la cuestión de creencias paganas en la vida en el campo y me hizo pensar en cómo el vivir en la ciudad, nos aferra más a la razón que a lo esotérico.


Mientras caminábamos nos encontramos con el Palacio Barolo, le pregunté si alguna vez había subido a la cúpula y se entusiasmó con la idea. Lamentablemente estaba cerrada. Una pena, porque la vista del casco histórico de Buenos Aires, desde ahí es hermosa. 

Hablamos sobre nuestra infancia, puntualmente sobre nuestro vínculo paterno y encontramos increíbles coincidencias en la manera en que nuestros padres se vincularon con nosotros. Recordamos que de chicos escuchábamos a Alejandro Dolina en la noche y quisimos ir al Café Tortoni. Pero en ese momento apareció frente a nosotros “Los 33 billares” y sin buscarlo, jugar al Pool nos pareció divertido. 


Fue una linda oportunidad para recordar mis días de adolescencia, porque frente a mi escuela secundaria, había un pool y bowling. Era frecuente con mis amigos no asistir a clases, hacernos la rata, y pasar toda la mañana en el Pool. Algo de espíritu adolescente circundaba en mi atmósfera y recordé que la primera vez que me practicaron sexo oral había sido una compañera de curso, en aquel baño.


Con Fabiola, estuvimos en -33 billares- casi cuatro horas. Aunque jugamos una sola partida y otra quedó incompleta, hablamos sin parar todo el tiempo. Con la intensidad de querer saber que tiene para decir el otro. Cualquier persona que nos hubiese visto de afuera, hubiera creído que nos conocíamos de toda la vida.


En la charla Fabiola saco a debate la idea de qué tal vez, vivimos en una simulación, gestada por un grupo poderoso, que quiere dominar las conciencias humanas. Note ahí un sesgo paranoico en la incertidumbre de cómo funcionan las sociedades. Yo insistía en que al mundo lo mueven intereses geopolíticos y económicos, que se dan principalmente por dos bloques de poder. La OTAN vs Rusia y China. Y que todo forma parte de la distribución económica del mundo y la relación de equilibrio que buscan estas tres potencias para imponer su verdad, intentando gestar de sentido común las conductas. Si bien, en líneas generales, coincidíamos, siempre había en sus comentarios un sesgo de persecución individual, como si ella fuera dueña de una verdad revelada por alguien.


Me di cuenta que era una persona extremadamente impulsiva, algo bipolar y paranoica. Pero yo estaba obnubilado con su belleza, con su mirada.


Le propuse si quería que cenemos algo juntos, en otro lugar. Yo quería que estuviéramos cerca de mi casa, porque sabía que esa noche iba a terminar con ella en mi cama. Fuimos hasta mi auto y en el trayecto seguimos nuestra intensa conversación. Cualquier situación era disparadora para volar con teorías sobre cómo cada uno creía que era el mundo.


Al llegar al bar, continuamos hablando sobre los proyectos personales de cada uno, mientras tomábamos unos tragos al aire libre. Un relámpago en el cielo y una incipiente lluvia cortó el momento. Pedimos la cuenta y volvimos al auto, un poco mojados, para resguardarnos ahí de la lluvia que había impedido terminar de cenar y tomarnos los tragos. Saqué unas servilletas de la guantera, y le ofrecí una para que se secase la cara. El gesto la tomó por sorpresa, como si hacía tiempo que alguien no miraba cuál era su necesidad. Creo que ni ella se dio cuenta que secarse el agua de la lluvia de su cara, era una opción.


—En mi casa tengo vino y marihuana. ¿Vamos?— le dije sin el filtro que una tarde y noche de alcohol, me habían dejado encima.


—Ok. Vamos pero sin segundas intenciones— dijo cómo poniendo un límite a que el encuentro no concluiría con sexo.


—Mirá Fabi, no te voy a negar que quiero coger con vos, pero tampoco te voy negar que no solamente quiero coger con vos.


—No soy tonta, yo sé cuando hay onda, y cuáles son tus intensiones.


—Te estoy siendo sincero, quiero coger con vos, y acepto que no quieras. Pero al margen, te invito a fumar y tomar vino a mi casa.


—No estoy depilada, no voy al cine con mi primera cita, no garcho la primera vez que salgo con alguien. Todo lo que no hago lo estoy haciendo con vos. Rompes todas mis estructuras— dijo con una sonrisa.


—Me encanta esto de romper tus estructuras, como dice Drexler “no quisiera que te lleves de mi, nada que no te marque” —Le dije devolviendo su sonrisa con una mía , mientras ponía primera y arrancaba el auto para ir a mi casa.


Cuando llegamos, abrí mi vino más caro, ese que guardaba para una ocasión especial. Fumamos, tomamos y las miradas pedían más que solo conversar. En ocasiones se producía un silencio que no era incómodo. Y ella clavaba sus ojos azules profundos en mi, en silencio, durante varios segundos. Como si buscara analizarme, buscando en mi profundidad las respuestas que necesitaba.


En uno de esos silencios, me acerqué para besarla y corrió la cara.

—Todavía no se si me gustás— dijo mientras miraba al suelo. Estábamos los dos muy tomados y muy fumados. No le hice caso y volví a intentar besarla. Nos besamos.

Y en ese momento se liberó toda nuestra contención acumulada.


El sexo con ella no fue lo mejor que me pasó en la vida. Gritaba de manera exagerada y extrañamente gutural, con pausas e intervalos repetitivos mirando al techo. Como si intentara hablar un idioma de otro planeta. La siento acabar dos veces y me dispongo a acabar yo con ella arriba mío, mientras uno de sus pechos entraba entero adentro de mi boca.


—Mi jefe me dijo que no me tengo q vincular con pacientes. Igual no me importa lo que diga— dijo ya recostados en la cama, cómo dejando saber que no le importaba lo que estuviese bien o mal, y que ella tomaba las decisiones de manera impulsiva según cómo sentía en el momento. 


A mi me causó gracia y me reí.


—¿Que onda che, me quedo a dormir o me voy? porque es re tarde ya— preguntó en un tono esperando quedarse, sin autoinvitarse, mientras recogía su ropa del piso.

—Si te quedas solo porque es tarde para volver, te llevo a tu casa, sin problema. Si elegís quedarte porque tenes ganas, estás invitada— le dije.


La lluvia había traído humedad y calor. Entonces nos recostamos desnudos con el aire acondicionado prendido. Estábamos completamente a oscuras. Y no se si fue por el vino, la marihuana o el Sexo (o tal vez la combinación de todo) pero en ese momento Fabiola empezó a hablar sin parar, en un monólogo que no admitía que yo opinara nada, y escuché callado su desahogo, que parecía un ataque de ansiedad.


—Soy el ser más psicópata que existe y todo el tiempo te estuve analizando, me gusta analizar a las personas, son mi experimento social. Mi objeto de estudio. ¿Vos tenes fantasías sexuales? La mía es coger con un extraterrestre, que me embarace, y ser una madre intergaláctica. Yo no me vacuné contra el covid, porque las vacunas contra el Covid, no sirven para nada, no tuvieron el tiempo suficiente de ensayo que requieren. Hay un determinado grupo de personas que son reptilianos. Son seres superiores. Pero yo soy más superior que todos, porque me doy cuenta de todo. Una pareja de mi mamá, que es el padre de mi hermano, me abusó sexualmente a mis diez años, y cuando se lo conté a mi mamá, ella lo echo de la casa. Mi hermano me odia porque dice que por culpa mía se fue su papá. Estudio psicología, pero no hago terapia, no la necesito”.


Al terminar, respiró, emitió un suspiro y me dijo:

—No vuelvo a tomar más con vos. Nos quedamos dormidos.


A la mañana siguiente, abrí los ojos y el reflejo del sol, dibujaba decenas de pequeños rectángulos, por la persiana, en la cara de Fabiola. 

La miré por unos segundos, tomé mi celular y escribí este poema:


me niego a aceptar 

lo que este mundo enfermo

se empeña en demostrar,

porque nada está cuerdo acá.


me desperté mirándote,

el reflejo de este presente 

ya es recuerdo.


el momento desapareció,

se desvaneció,

no vuelve más.


ahora, sos prisionera de mi memoria,

te tengo en mi para siempre.


aún dormida, entraste a mi eternidad 

sin darte cuenta.



Ella seguía durmiendo cuando yo fui a la cocina a preparar el desayuno. Hice un café con más leche y otro con menos leche. Yo no sabía cual preferiría, aunque intuía que tomaría el más fuerte. Para mi sorpresa al despertarla y ofrecerle eligió el más suave.


                                                ——

 

Hasta los huesos

 

cuando hayas hecho polvo mi carne


también te entregaré mis huesos,


para que con ellos,


te protejas de mi.

martes, 10 de mayo de 2022

Escondida


                                                   

                                                      

dame algo 

que sea más 

que solo nada.


al menos, dame un indicio 

que me permita saber 

que no me vas a rechazar.


mientras tanto 

jugá a la escondida 

escapá de lo que siento

que aunque quieras,

hay algo que no podes esconder 

y es que te ocultas de mi.


dejame saciar 

la sed que tengo de tu cuerpo 

y agarrarte con fuerza por detrás.


dame grito

dame voluntad 

y te prometo que juntos 

vamos encontrar 

lo que no vinimos a buscar.

lunes, 18 de abril de 2022

Palabra

 

la palabra cura

sana,

condena.


soy palabra

amordazada,

acumulada.


un lenguaje que domina 

el impulso de no saber 

a donde ir.

lunes, 21 de marzo de 2022

Otoño: 392

 Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

392

"Detrás de los primeros menos-calores del estío terminado, han venido, en los acasos de las tardes, ciertas coloraciones más suaves del cielo amplio, ciertos retoques de brisa fría que anuncian al otoño. No era todavía el desverdecer del follaje, o el desprenderse de las hojas, ni esa vaga angustia que acompaña a nuestra sensación de muerte exterior, porque lo ha de ser también la nuestra. Era como un cansancio del esfuerzo existente, un vago sueño sobrevenido a los últimos gestos del hacer. Ah, son las tardes de una tan afligida indiferencia que, antes que comience en las cosas, comienza en nosotros el otoño.

Cada otoño que viene está más cerca del otoño que tendremos, y lo mismo es verdad del verano y del estío; pero el otoño recuerda, por lo que es, el acabarse de todo, y en el verano o en el estío es fácil, de mirar, que lo olvidemos. No es todavía el otoño, no está todavía en el aire el amarillo de las hojas caldas o la tristeza húmeda del tiempo que va a ser más tarde invierno. Pero hay un resquicio de tristeza anticipada, una angustia vestida para el viaje, en el sentimiento en el que estamos vagamente atentos a la difusión colorida de las cosas, al otro tono del viento, al sosiego más viejo que se arrastra, si cae la noche, por la presencia inevitable del universo.

Si, pasaremos todos, pasaremos todo. Nada quedará de lo que gastó sentimientos y guantes, de lo que habló de la muerte y de la política local. Como es la misma luz la que ilumina las faces de los santos y las polainas de los transeúntes, así será la misma falta de luz la que dejará en lo oscuro la nada que quede de haber sido unos santos y otros gastadores de polainas. En el vasto remolino, como el de las hojas secas, en que yace indolentemente el mundo entero, tanto importan los reinos como los vestidos de las costureras, y las trenzas de las niñas rubias van en el mismo giro mortal que los cetros que han figurado a los imperios. Todo es nada, y en el atrio de lo Invisible, cuya puerta abierta muestra apenas, en frente, una puerta cerrada, bailan, esclavas de ese viento que las revuelve sin manos, todas las cosas, pequeñas y grandes, que han formado, para nosotros y en nosotros, el sistema sentido del universo. Todo es sombra y polvo removido, no hay más voz que la del ruido que hace lo que el viento levanta y arrastra, ni más silencio que el de lo que el viento abandona. Unos, hojas leves, menos presas de la tierra por más leves, van altos por el vórtice del atrio y caen más lejos que el círculo de los pesados. Otros, casi invisibles, polvo igual, diferente sólo si lo viésemos de cerca, se hacen cama a si mismos en el remolino. Otros todavía, miniaturas de troncos, son arrastrados circularmente y terminan acá y allá. Un día, al final del conocimiento de las cosas, se abrirá la puerta del fondo, y todo lo que fuimos -basura de estrellas y de alma será barrido hacia fuera de casa, para que lo que existe vuelva a empezar.

El corazón me duele como un cuerpo extraño. Mi cerebro duerme todo cuanto siento. Sí, es el principio del otoño el que trae al aire y a mi alma esa luz sin sonrisa que va orlando de amarillo muerto el redondeamiento confuso de las pocas nubes del poniente. Sí, es el principio del otoño, y el conocimiento claro, en la hora límpida, de la insuficiencia anónima de todo. El otoño, si, el otoño, el que hay o el que va a haber, y el cansancio anticipado de todos los gestos, la desilusión anticipada de todos los sueños. ¿Qué puedo yo esperar y de qué? Ya, en lo que pienso de mí, voy entre las hojas y los polvos del atrio, en la órbita sin sentido de ninguna cosa, haciendo ruido de vida en las losas limpias que un sol angular dora de final no sé dónde.

Todo cuanto he pensado, todo cuanto he soñado, todo cuanto he hecho o no he hecho -todo esto se irá en el otoño, como las cerillas usadas que tapizan el suelo en diferentes sentidos, o los papeles estrujados en falsas pelotas, o los grandes imperios, las religiones todas, las filosofías con que han jugado, al hacerlas, los hijos soñolientos del abismo. Todo cuanto ha sido mi alma, desde todo a lo que he aspirado a la casa vulgar en que vivo, desde los dioses que he tenido hasta el patrón Vasques que también he tenido, todo se va en el otoño, todo en el otoño, en la ternura indiferente del otoño. Todo en el otoño, sí, todo en el otoño..."


14-9-1931

viernes, 18 de marzo de 2022

Melancolía



Sin darnos cuenta antes, esa noche, nos percatamos que se habían apagado las estrellas en el cielo y se habían encendido acá en la tierra.

Cuando el cielo se apagó, al encender miles de luces artificiales, vivimos la ilusión que bajaron las estrellas a nosotros.


Olvidamos, con el tiempo, cómo era mirar el firmamento nocturno. Quizás de la misma manera que olvidamos, cómo era la espera del cartero, trayendo la respuesta de una carta, que se escribió hace semanas.


Todo lo que creímos progreso, al final resultó que fue un fracaso. La inmediatez, solo trajo más ansiedad, que pretende ser tapada con algún psicotrópico mientras se esconden los síntomas con algún psicofármaco. 


Entonces, ya nadie se detiene a mirar las estrellas, los cráteres de la luna, ni preguntarse porque existen las mareas, o porque las olas rompen con tanta fuerza contra una escollera. 


 ¿Cuándo fue la última vez que sentiste un abismo en el cuerpo al percibir tu pequeñez en comparación con la magnitud del cosmos?


¿Será que apagamos las estrellas para dejar de pensar en nuestra mísera finitud?


Solo queda la luna y esta melancolía que no se va.

viernes, 25 de febrero de 2022

Emancipación

 

no me persigno 

en esta jaula inmensa 

que parece libertad,

en donde solo busco 

ser mejor que mi progenitor.

jueves, 27 de enero de 2022

Un recuerdo eterno

 

me niego a aceptar 

lo que este mundo enfermo

se empeña en demostrar,

nada está cuerdo acá.


me desperté mirándote,

y el presente ya es recuerdo.


el momento desapareció,

se desvaneció,

no vuelve más.


ahora, sos prisionera de mi memoria,

te tengo en mi para siempre.


entraste a mi eternidad sin darte cuenta.

martes, 4 de enero de 2022

La caza no es tu hogar

Capítulo 1

—“Marcos, sabes bien que estoy casada, tengo dos hijos y no puedo separarme ahora”— dijo Sabrina, mientras conversábamos sobre que íbamos a hacer con esto que nos estaba pasando. Fue serio y categórico el comentario. Pero para esa altura yo ya me había cansando de ocupar solamente un rol de amante en su vida, dado que la adrenalina inicial de los encuentros furtivos habían mermado, porque yo pedía más de lo que ella podía dar. Y digo “podía” porque no era lo que ella me trasmitía que “quería”. A veces pienso que al “poder” y al “querer”, los separan un abismo de realidad, y no siempre el otro está dispuesto a poder hacer lo que quiere, solamente por placer. Aunque si bien, creo que, cuando el deseo y la voluntad se juntan, es cuando aparece el placer real. Cuando uno no puede hacer algo, no hay placer que motorice, porque el miedo es más fuerte que la voluntad deseante.


Con Sabrina nos conocimos hace 15 años en la facultad mientras hacíamos el CBC, yo estudiaba arquitectura y ella diseño de indumentaria; en la FADU, en Buenos Aires. Si bien, teníamos muchos conocidos en común, nunca habíamos cruzado una palabra. Ni siquiera nunca nos habíamos fijado el uno en el otro. En ese momento éramos dos adolescentes, que comenzaban a ser adultos, que se estaban descubriendo, y ni siquiera compartíamos gustos musicales. A los 18 años de edad uno se define por la música que escucha y lo mío era la música pop alternativa, como Babasónicos, Juana la loca y Adicta; y lo suyo era puro rock nacional, como La 25, La bersuit y Los piojos. Por ende, no frecuentábamos los mismos boliches y mucho menos los mismos códigos. Para Sabrina yo era un cheto y para mi ella era una Rolinga. 


Durante muchos años mantuvimos un vínculo absolutamente virtual por redes y cada tanto cada uno miraba las publicaciones del otro, como dos perros vecinos, que se huelen el culo, para saber en qué andan. Intercambiabamos likes en momentos importantes de nuestra vida, como al egreso de la carrera, alguna publicación de algún viaje por Europa, la compra de un auto o el nacimiento de un hijo nuevo. La virtualidad de las redes sociales, nos permite saber que es de la vida de alguien, con quien no nos interesa vincularnos físicamente, pero si saber que es de su vida. Si bien eso te aleja del vínculo real, mata la curiosidad.


Esto fue así, hasta hace un año, que nos encontramos en el último recital que dio Gabo Ferro, antes de morir, en el Cultural Moran. Nos reconocimos de inmediato, nos saludamos y quedamos en tomar unas cervezas.

Al terminar el show, fuimos a un bar bastante pobre, sobre Constituyentes, en donde vendían una cerveza artesanal un poco caliente, que realmente era intomable.

Hablamos de nuestros hijos, y me habló sobre su vida bastante clásica y convencional que venía llevando desde que se casó. 


Nos liberamos bastante al hablar, sin tabúes. Y aunque yo estoy acostumbrado a eso, porque cuando hablo con alguien, la otra persona se libera, se saca la máscara, y larga todo. Hay algo en mi manera de escuchar y, tal vez, de hacer alguna devolución acertada, que inspirara una confianza no habitual. Quizá, es porque yo estoy escuchando las palabras que se usan. En cambio, en general, lo que sucede, es que cuando alguien habla, está en “una postura” y no escucha. 

Tengo la sensación que las personas están ocupadas sobre cómo serán juzgadas por el otro, más que en escuchar lo que tienen para decir. Y lo que todos queremos es, simplemente, sentirnos escuchados.


Sabrina me comentó que estaba agotada, que la maternidad la había superado y que en ocasiones prefería masturbarse cuando su pareja se dormía, para no tener sexo con él. Note en su postura y sobre todo en su mirada, que escondía, tras unos ojos grandes y achinados, un dejo de tristeza. Cómo si la vida que eligió, al final, no fuera la que quería.


Sabrina de adolescente, siempre había sido una groupie profesional, que anotaba en una lista, cuál trofeo, los cantantes, bateristas y bajistas con los que se acostaba. A los 23 años llevaba anotados más de 30, y se jactaba con orgullo de eso.

Ella sabía que no solo era porque podía, que lo hacía, sino que estaba convencida que disfrutar la vida, desde el hedonismo, era algo que debía hacer, casi como un mandato impuesto por sus progenitores. 

—Lo más importante es que vos seas feliz—  le decía su padre desde muy chica. Y Sabrina, cumplió con ese mandato, asociando la felicidad con el placer sexual. Y dado que era hermosa, pero no hegemónica, y siempre llamaba la atención su delgadez con sus tetas y caderas grandes, se dedicó a coger sin parar, buscando en el sexo algo de felicidad. Deseaba profundamente ser la musa que inspire a alguno de sus amantes, pero nunca lo lograba. 


Nunca nadie le dedicó una mísera canción, sino que todo lo contrario, esos tipos la usaban para sacarse la calentura y descartarla al acabar. En ocasiones lograba que le regalasen una pua, que atesoraba y compartía con sus amigas, con gesto de conquista, o mejor dicho de caza.


En el bar ya hacia demasiado calor, y le propuse si quería ir a casa, que tenía unas cervezas frías y en mejor estado que esas que estábamos tomando.

—Voy a ir a tu casa, pero no vamos a coger— dijo categórica, cómo siempre cuando habla, que parece estar segura de lo que no quiere, pero insegura de lo que si quiere.

—No va a pasar nada que no quieras— le dije repitiendo un mantra, que nos enseñaron desde chicos.

—Por su puesto que no va a pasar nada que yo no quiera Marcos, solo con que lo digas, ya es ofensivo—

—Tenés razón Sabri, lo que yo quiero decir es que acepto lo que vos decís, porque podría no aceptarlo e irme— trate de hacerme entender y que viera que no soy un macho autista impasible.

—Dale vamos, dijo con una sonrisa de soslayo, mientras levantaba la mano, sacaba un billete de su cartera para pagar y pedía la cuenta, todo al mismo tiempo.


Cuando llegamos a casa, lo que más me gustó de Sabrina, es que antes que nada, lo primero que hizo fue detenerse en la biblioteca de mi pasillo y ver los libros que tenía. Yo juro que jamás había visto a nadie, detenerse a ver con tanto amor y respeto una biblioteca ajena. 


Con el tiempo, me di cuenta que ese fue el momento exacto en el cual me enamoré de ella.


Mientras retiraba un libro, sugirió una manera más práctica para ordenarlos, no lo recuerdo bien, porque yo estaba concentrado mirando como ese vestido, que ella misma había diseñado, le marcaba el culo, y me imaginaba apretándolo fuerte arriba mío. Era imposible contener tantas ganas.


Entonces me acerqué, casi apoyándola por atrás, la agarre de la cintura suave; puse mi boca en su oreja y le dije: 

—No entiendo nada lo que estás diciendo— mientras yo largaba una carcajada.

Ella se rio y giro su cabeza, nos quedamos unos segundos mirándonos, enfrentados a pocos centímetros. Yo relamía mis labios y ella se mordía el labio inferior, conteniéndose las ganas. Cuándo parecía que era inminente un beso, se escabulló por abajo de mi brazo, yéndose al living. Me dejó solo frente a mi biblioteca mirando el libro, que ella había separado.

 Las Malas de Camila Sosa Villada, y desde lejos me gritó con ironía:

—¿No vinimos a tomar unas cervezas?.

Agarre el libro y me lo lleve conmigo al living, donde ella estaba esperándome sentada en la silla.



Capítulo 2

Estuvimos casi un año manteniendo un vínculo de amantes, y ninguno tenía problemas con eso. Para mí la monogamia había caducado hacía mucho tiempo. Creo que es ridículo sostener un vínculo afectivo, cuyo único objetivo es coartar la voluntad deseante del otro, para someterla a la propia exclusividad individual. Si eso no es un resabio de la esclavitud y la propiedad privada, al menos se asemeja bastante. De la represión nunca nada bueno puede salir. Incluso creo que con la excusa del “no hacer lo que no me gustaría que me hagan” se esconde un “no quiero que me hagan lo que yo si haría”. La hipocresía más grande que inventó el ser humano, después de la manteca light, es la monogamia. 


—Yo garcho afuera, pero, a la hora de la cena, vuelvo a casa y hago milanesas para todos— me decía Sabrina, cada vez que yo le preguntaba si todo este vínculo, entre nosotros dos, le afectaba en algo.


Su concepto de volver y hacer milanesas para la familia, lo consideraba el acto más loable que podría hacer una madre y esposa. Para ella hacer milanesas, era un gesto de amor. Porque cocinar es un proceso de creación formidable. La cocina es como una fábrica, en donde los procesos son limpios, ordenados y estructurados, y para trabajar de manera adecuada, se debe tener bien claro que rol debe ocupar cada utensilio y cada ingrediente. La cocina es un arte y además es una fábrica de sensaciones, cuyo resultado no es solamente alimentarse para sobrevivir, porque comer es una necesidad básica humana, sino que producto de la intervención de quien cocina, se puede generar en el otro, a través de su memoria gustativa, una experiencia individual y única que lo hace feliz por un instante.


Por todo esto, Sabrina entendía que su concepto de hogar, era el momento de la cena. Entonces, siempre volvía a su casa a cocinar y comer con su familia. Eso lentamente, se transformó en un acto de vida. Cada cena preparada, era escaparle un paso a la muerte. 

Siempre tuve la impresión que su casa debería oler a milanesas con puré.


La vida de Sabrina estuvo, en ocasiones, bastante ligada con la muerte. Ella me comentaba que tenía la sensación que la muerte la quiso buscar muchas veces. Con fortuna, siempre la esquivó. Pero vengativa, la muerte, se ocupaba de llevarse a personas cercanas a ella. Sabrina lo entendía como un desafío por parte de la muerte, en donde le recordaba, que estaba presente, como para que no la olvide.


Sabrina, me contaba que tenía una pesadilla recurrente, en donde una mujer vestida de negro, la perseguía, y ella lograba esconderse y encerrarse en una habitación llena de libros; que inmediatamente agarraba uno y se ponía a leerlo, pero en cada sueño, recuerda que leía un libro diferente, y que al final cuando lo abría, y antes de poder empezar a leer, se despertaba.


Sabrina tiene una obsesión con leer, lee todo y de todo.

Consume libros compulsivamente. En su casa de infancia, su padre tenía una biblioteca envidiada por cualquier librero de Villa Crespo, y ella creció rodeada de libros. A los 10 años ya había leído a Soriano, a Cortázar e incluso a Shakespeare. En los almuerzos de los domingos, ella recuerda que hablaba del libro que estaba leyendo y a su papá le encantaba cómo ella los interpretaba. En ese momento, Sabrina se veía vista por su padre; y la mirada de aprobación y orgullo, la recuerda hasta ahora, cada vez que termina un libro.


Creo que si su padre hubiera tenido un quiosco en la casa, lo que Sabrina tragaría compulsivamente serían golosinas.


En ocasiones debatíamos acerca de J L Borges. A mi me parece una mente brillante. Creo que es uno de los pocos escritores que ejercieron con profesionalidad y rigor técnico a la literatura. Un genio. 

Mi familia es toda peronista, y yo heredé el peronismo de la misma manera en que Sabrina heredó ser hincha de Racing. Su pasión por Racing club de Avellaneda es desmedida. Fanatismo es poco. En cambio mi pasión por el peronismo es más tranquila, es por eso que aunque me considero Peronista, he leído mucho a Borges. Pero ella, considerándose de Racing, jamás diría que Bochini o Burruchaga fueron buenos jugadores.


El punto es que cuando yo hablaba de Borges ella se aburría, de la misma manera que a mi me aburría que me hablara de Racing. A mi me gusta ver mucho el mundial de fútbol. Y ella lo detesta.

También creo que Borges -en si- es un mundial de fútbol. 

Y entre Argentina campeón del mundo, con Messi levantando su merecida copa y una final de libertadores entre Racing e independiente, Sabrina elegiría sin lugar a dudas, a Racing campeón de la libertadores.

Igual, si yo pudiera leer el Aleph por primera vez de nuevo, elegiría esa experiencia a la de Argentina campeón.

De fanatismos, todos estamos hechos un poco y cada uno le reza al Dios que puede.